Autor Tema: Una pausa para conectar con nosotros mismos, (por Rafa San Román)  (Leído 3210 veces)

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Una pausa para conectar con nosotros mismos, (por Rafa San Román)
« en: 17 de Octubre de 2013, 01:06:35 pm »
UNA PAUSA PARA CONECTAR CON NOSOTROS MISMOS

La muerte es el único acontecimiento seguro de nuestras vidas. Podemos tener dudas sobre si a lo largo de nuestra existencia en esta tierra perderemos una cosa u otra, nos  sucederá esto o aquello, lograremos o no lo que deseamos. Pero sólo hay una cosa, sólo una, que no deja lugar a las dudas y que tiene el poder de la certeza. Es la muerte.

Sin embargo, y a pesar de que nuestro “billete de vuelta” ya está comprado, nuestro mundo parece empeñado en que vivamos un contrasentido permanente, según el cual la muerte debe estar alejada de nuestras vidas, no se debe hablar de ella ni tratar de conocerla, no se debe contar con ella. Un contrasentido según el cual somos eternos y ese billete de vuelta quedará para siempre sin cerrar. Para lograrlo, el mundo nos recuerda constantemente que hay que vivir y que todo lo que implique cuestionarse la muerte no es más que charlatanería de agoreros, siniestros, místicos y aguafiestas. Tarde o temprano esta excusa acaba chocando contra el muro de la certeza, porque, lo creamos o no, la muerte es lo único que seguro sucederá.

Con este punto de partida arrancó el pasado sábado 14 de junio en el centro AVES el taller “De lo físico a lo sutil”, a cargo de las doctoras Inma Nogués y Luján Comas. Como la propia Dra. Nogués mencionó al principio de su intervención, no se trataba de un curso cualquiera sobre cualquier tema, sino de “una pausa para conectar con nosotros mismos”, destinada a un público deseoso de recibir ayuda, saber más y “plantearse la vida, la muerte y el sentido de todas las cosas”.

Uno de los mensajes principales que se transmitió durante el taller fue la idea de que estamos aquí “de prestado”, de modo que tarde o temprano tendremos que devolver la llave de la habitación, pero que no todo se reduce a eso. El orden en el que se basa el universo (y dentro de él todos los seres y todas las cosas), obedece a un mecanismo rítmico, dinámico pero con pausas. Según este ritmo tenemos que morir a lo que ya no nos sirve y nacer a lo siguiente, sin aferrar ni acumular para no intoxicarnos y viviendo la vida realizando lo que llevamos dentro. Sólo así, como decía Elisabeth Kübler-Ross, podremos vivir el momento de la muerte sin lamentaciones ni arrepentimientos.

Somos algo más que nuestro cuerpo físico. Este es materia, pero una materia animada por la energía que le da vida. Además de nuestros brazos, nuestras piernas y nuestros ojos tenemos emociones, deseos, sentimientos, reflexiones, etc. Que no son físicas, sino sutiles. Son la energía que da vida a nuestro cuerpo físico. La meteria muere, se degrada y vuelve a la tierra, pero la energía que la animó en vida permanecerá, transformando el universo. No estamos hablando de nunguna cuestión mística ni esotérica. Está demostrado que nuestro ser produce, emite y transforma energía de distintos tipos, y también está demostrado que la energía ni se crea ni se destruye; se transforma.

Si vivimos aferrados a nuestro cuerpo físico lo haremos dominandos por el pánico a la muerte, creyendo que todo lo que somos se acabarà perdiendo. Si vivimos trabajando nuestra parte sutil, con la conciencia de que nuestra energía permanecerá (porque, como tal, es eterna) no tendremos miedo a la muerte y podremos centrarnos en tener una vida plena.

Todo es rítmico, todo es cíclico, todo obedece a una melodía coherente y sabia en la que los silencios son tan importantes como los sonidos. En esa melodía cada parte responde a una armonía y contiene el mensaje de la partitura entera. Hay un orden que subyace a la realidad que vemos. Todo tiene su razón de ser. La vida, porque ésa es su naturaleza, es un proceso plagado de pequeñas muertes y pequeños nacimientos, como el latido del corazón, que coge la sangre, la transforma y vuelve a soltarla hasta que un buen día la deja ir sin volver a reclamarla. Ese es el momento de la muerte física, una retirada total sin regreso al hilo de la vida. Pero no el final.

La muerte, como explicaron las Dras. Nogués y Luján, es un proceso de liberación dirigido por nuestra alma. Liberación para acceder a nuevas formas de conciencia. Liberación de las leyes de la materia que constriñen y limitan la vida dentro de un cuerpo.

Mientras tanto, es bueno que sepamos que nuestro cuerpo físico tiene incorporados siete centros especiales que reciben, transforman y distribuyen la energía: son los chakras. Tres de ellos están por debajo del diafragma, y nos vinculan a lo terrenal. Los otros cuatro, por encima de esa barrera, no elevan. Cada chakra se ubica en una zona del cuerpo (zona perianal, gónadas, plexo solar, corazón, garganta, hipófisis e epífisis) y se relacionan con otras zonas del cuerpo.

Para vivir plenamente y expandir nuestra conciencia es bueno que nos abramos a lo nuevo, que cambiemos nuestros paradigmas (patrones adquiridos a partir de los cuales examinamos la realidad). Así, podremos salir de los círculos viciosos y obsesivos en los que estamos atrapados pensando que la vida es eso, cuando la vida es algo más y existe una manera mejor de vivir.

Nuestra vida mental es como un iceberg. Somos conscientes sólo de una pequeñísima parte de la información total que procesa nuestro cerebro. Mientras nos manejamos en el día a día con esa punta del iceberg a la que tenemos acceso, el resto de la información está actuando por debajo, en la sombra, transformándo la parte consciente sin que nos demos cuenta y aflorando de vez en cuando para darnos pistas sobre quiénes somos.

Lo cierto es que, según la interpretación que le demos a lo que nos pasa en la vida, podemos ser creadores de nuestro propio cielo o de nuestro infierno. Nuestros recuerdos son muy importantes a la hora de colorear nuestra existencia. Con comprensión (entendiendo más y más cosas), sabiduría (empleando correctamente lo aprendido hasta ahora) y corazón (comprensión amorosa) podemos transformar los recuerdos de lo que hemos vivido. Podemos transformar nuestra vida. Es importante que seamos conscientes de qué significado les damos a las cosas, y que sepamos que esa interpretación se puede moldear, para que nos enteremos de que no estamos condenados a ser lo que somos ni a ser siempre iguales.

La muerte, como apuntamos al principio, es el único hecho seguro que experimentamos a lo largo de nuestras vidas, y apenas le prestamos atención. Nadie nos prepara para cuando suceda. Esto provoca en la gente un gran miedo y un gran sinsentido.

Si adquirimos la conciencia de que las desgracias y las crisis son oportunidades que la vida nos da para crecer podremos vivir de otra manera. La semilla, si no se hunde en lo profundo de la tierra y no se riega con lágrimas, no germina. En nuestra vida, por muy caótica que sea, siempre tenemos el poder de tomar una última decisión, una libertad última. Podemos decidir como nos enfrentamos a ella y qué sacamos de ella. Las crisis son oportunidades que la vida nos da para conectar con nuestra alma.

Cada día, al levantarnos, podemos detenernos un momento para no hacerlo de cualquier manera. El día que comienza es como una inspiración de nuestros pulmones, o la sístole en la que el corazón recoge la sangre. Seamos conscientes de ello y comencemos el día con la conciencia de que es una nueva oportunidad para vivir el momento presente con plenitud, alegría y conciencia de uno mismo.

El momento de acostarse tampoco es cualquier cosa. Es importante que cada día nos vayamos a la cama sin cosas pendientes. Cada día que acaba es un acto de entrega, como una expiración de los pulmones o la diàstole en la que el corazón envía la sangre a todo el cuerpo. Si al respirar o en la circulación sanguínea nos aferráramos cada vez a una molécula de aire o a una minúscula gota de sangre la intoxicación acabaría siendo fatal. Acostémonos pues, entregando, con la conciencia de haber hecho bien los procesos, habiendo perdonado y habiéndonos perdonado, porque no sabremos si habrá un mañana que nos permita retomar nuestros asuntos pendientes. Demos lo mejor de nosotros cada día y observemos qué hemos aprendido hoy.

El miedo a la muerte también fue un importante asunto abordado durante el taller. Es el
Gran Temos que subyace al resto de miedos de nuestra vida. Este gran temor se alimenta del miedo al dolor y lo desconocido, de las dudas sobre la inmortalidad de la pena de dejar a los seres queridos, de aferrarse a la materia y de las ceencias sobre el cielo y el infierno. El reto consiste, entonces, en no vivir con miedo sino convertir nuestros miedos en precauciones. Porque nacer es morir (ya que quedamos atrapados en un cuerpo) y morir es vivir (ya que, al contrario que al nacer, nos expandimos a una dimensión superior). Nacer y morir son cambios de dimensión, vivir es expresar el alma (si no la expresamos, estamos muertos), venimos a esta forma de vida a dar nuestro color y nuestra luz. Vivir es el arte de amar, y si logramos aceptar que lo único constante es el cambio permanente podremos fluir con la vida con la conciencia de que nada de los que hacemos se perderá.

El taller “De lo físico a lo sutil” concluyó con una referencia al acompañamiento a otras personas en el momento de su muerte. Para realizar bien esta labor es necesario tener claro quién es el protagonista de la situación y responder desde nuestra paz a sus necesidades físicas, mentales, emocionales y espirituales. En este proceso no sirven de nada grandes conocimientos si no hay serenidad en nuestro corazón. Sólo si tenemos paz podremos transmitirlo, hablar y escuchar desde el corazón y procurar que el último pensamiento de ese ser que muere a esta vida sea un pensamiento de esperanza.

En definitiva, las Dras. Nogués y Comas enviaron a los asistentes al curso un mensaje claro y desafiante: somos auténticos cuando vivimos desde el alma, cuando nuestra conciencia está más en nuestra energía eterna que en nuestro cuerpo perecedero y cuando orientamos nuestra vida hacia la realización de lo que somos para que cuando llegue el momento inevitable de la muerte tengamos conciencia de que hemos vivido con plenitud hasta la última expiración.

Rafael San Román
Psicólogo