Autor Tema: Estrategias de acompañamiento en el Duelo - Javier Barbero (I)  (Leído 4302 veces)

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Estrategias de acompañamiento en el Duelo - Javier Barbero (I)
« en: 17 de Octubre de 2013, 01:40:16 pm »
CURSO DE ESTRATEGIAS DE ACOMPAÑAMIENTO EN EL DUELO

Poniendo el alma, el corazón y la vida

Cuando se habla del duelo y del trabajo que se puede hacer con él, no tarda mucho en aparecer la idea del acompañamiento, una tarea tan difícil como apasionante para la cual es imprescindible recibir una formación adecuada que mejore nuestra preparación para dedicarnos a ella. Por eso, el pasado 22 de noviembre, la asociación AVES de Barcelona organizó el curso Estrategias de acompañamiento individual y grupal ante las pérdidas y el duelo, a cargo de Javier Barbero, psicólogo adjunto del hospital madrileño de La Paz. Un taller intenso e intensivo durante el cual los participantes fuimos invitados a tirarnos a la piscina y trabajar a fondo, “poniendo el alma, el corazón  y la vida” cuando decidamos ayudar a otras personas a gestionar bien su dolor.

La teoría surge de la experimentación e investigación sobre la vida, pero acompañar a alguien exige haber trabajado previamente las experiencias internas propias. Haber tenido un duelo no es una condición ni necesaria ni suficiente para acompañar a otro, por mucha buena voluntad que se ponga en ello: sólo quienes han integrado bien sus pérdidas estarán en condiciones de realizar esa tarea de ayuda sin proyectar sobre la otra persona sus dificultades.

Nadie muere mientras se le nombra. Para iniciar el taller, comenzamos presentándonos no sólo a nosotros, sino también a quienes habíamos perdido, mencionando cómo desearíamos que se les recordase y haciendo un esfuerzo por expresar cómo deseamos que se nos recuerde a nosotros... cuando muramos. Hay muchas maneras de estar presente.


Convertir la amenaza en oportunidad: optar por la vida

El duelo es una experiencia vital donde, durante un tiempo, la vida (la relación de pareja, la relación con los hijos, las amistades, el trabajo, el alma) se llena de dolor. Si hubo amor en el vínculo con la persona que ha muerto, podremos gestionar bien todo ese dolor y volver a disfrutar de la vida.

En la vida no sólo hay que gestionar bien el amor. Acompañar es ayudar a las personas a gestionar bien su dolor. Lo peor que le puede pasar al doliente es instalarse en una posición de víctima y que sea ésta la que le dé su lugar en el mundo. Ocurre cuando el centro de nuestras vidas es el ser víctimas de algo, cuando eso que nos pasó es el punto de referencia para todo.

Es importante gestionar activamente el dolor, responsabilizarnos de él, hacernos cargo de él y así transformarlo, no abandonarnos a jugar un papel pasivo en esa experiencia. En lo profundo del duelo sentimos que queremos morir, porque no soportamos tanto dolor. Queremos irnos con quien ha muerto. Pasado un tiempo, llega el momento de ser activos y responsabilizarse, de gestionar bien nuestro dolor. Ése es el momento en que tendremos que elegir entre vivir y no vivir.
Recibir amor también es una elección. Podemos cuidar mucho a una persona que está en medio del dolor pero sólo lo recogerá si ella decide hacerlo. Es necesario que nos detengamos un momento y hagamos una reflexión: ¿qué cosas elegimos en nuestra vida? ¿elegimos vivir? ¿elegimos cómo vivir? ¿elegimos cómo morir?


El tiempo y la experiencia de dolor

Como acompañantes, tenemos que diferenciar una experiencia de la expresión de esa experiencia. No necesariamente tiene mayor impacto emocional quien más llora, ni sufre poco quien no derrama ni una lágrima. Cada uno siente de una manera y lo expresa a su manera, de acuerdo a quien es, de ahí la importancia de no comparar.

No es cierto que el tiempo lo cure todo, pero ante una muerte significativa para nosotros el espacio de un año tiene una dimensión muy importante en nuestro duelo, puesto que un año es el espacio que abarca todos los aniversarios, todas las celebraciones, todas las estaciones y todas las fechas que hemos compartido con la persona que ha muerto. Es el ciclo natural de la vida.

Que haya un antes y un después en nuestra vida tras la muerte de un ser querido, que nuestra vida haya dado un vuelco total, no significa que no podamos volver a ser felices tras esa muerte. El duelo abre un sinfín de heridas, que acabarán cicatrizando si gestionamos bien el dolor. Una cicatriz indica que ha habido un antes y un después, pero que la herida se curó sin infectarse ni expandirse y que podemos seguir adelante. Pero no podemos vivir con heridas abiertas, que no están sanadas.

Hablar de quien ha muerto con serenidad no indica necesariamente que la herida esté cicatrizada y hablar de esa persona con tristeza no es sinónimo necesariamente de una herida abierta. Cuando trabajemos con el duelo es necesario que diferenciemos tristeza de dolor. La primera nos acompañará siempre, mientras que el segundo debe ir remitiendo en términos generales, si bien nunca desaparecerán “picos” de dolor en momentos concretos, como en aniversarios y fechas señaladas, siendo esto perfectamente normal.


Indicadores de una buena resolución del duelo

Recordar a quien ha muerto con tristeza pero sin dolor indica que vamos bien. Seguir con nuestra vida desde el punto de vista práctico y relacional, sin que la parte afectiva se detenga, indica que vamos bien. ¿Llegar a ese punto? Cuesta muchísimo. Pero se puede conseguir.


Factores de riesgo para un duelo complicado

Si hay un asunto misterioso, diverso y donde las comparaciones son odiosas ése es el duelo. Sin embargo, a priori, sí existen ciertas cuestiones que pueden predisponer a una persona a que su proceso se complique más que el de otras. Son cuestiones complejas, fuertemente influidas por cada cultura. En ningún caso deben tomarse como predicciones de las que será imposible librarse, sino como aspectos a los que conviene prestar atención para que esa complicación no llegue a darse. Dos de estos factores son la muerte por suicidio (que no sólo es un tabú sociocultural sino que además genera mucha culpa) y la muerte de los hijos (por entenderse como natural que el hijo entierre al padre y no al contrario).


Vínculos y trascendencia

Una cosa es la muerte como tal, un momento espacio-temporal concreto en el que nuestras constantes vitales físicas se detienen para siempre, y otra cosa es el proceso de ir muriendo. En los moribundos suele estar muy presente una gran sensación de angustia, de miedo a dar el paso [de morir]. Afrontar la muerte, mirarla de frente, es una decisión, de la misma manera que lo es el querer vivir.

Ir muriendo es un proceso en el que debemos atravesar el sufrimiento para trascenderlo, y eso implica ciertas despedidas. Quien acompaña debe trabajar para despedirse no de la persona que muere, sino del vínculo que tiene con ella. Al igual que existen otros maneras de estar presente que no se reducen a lo tangible, que una persona muera no significa que nos desvinculemos de ella, sino que establecemos con ella un nuevo vínculo. Y este nuevo vínculo sólo puede establecerse si, poco a poco, hemos dejado que el que existía de haya disuelto.

Para que haya duelo tiene que haber existido un vínculo significativo con la persona que ha muerto. De hecho, el duelo no se produce por la muerte, sino por la ruptura de un vínculo, por eso hay muchos tipos de pérdidas y de duelos, no sólo aquellos relacionados con la muerte. Y los vínculos no dependen de los años de convivencia con una persona, sino de otro orden de cosas.


La memoria

En los dolientes existe angustia porque, con el tiempo, las imágenes de quien ha muerto se van desvaneciendo. Hay una supuesta fragilidad en el recuerdo que tenemos a nivel mental, pero hay otros recuerdos, como el del corazón, que son más fuertes.

En el duelo hay mucha “memoria dolorosa”, que se impone sobre los recuerdos agradables. Parte del trabajo de duelo es recuperar la otra memoria, la “gozosa”. Ambas se habrán de trabajar.


La entrevista de acogida

Muchos expertos destacan que para acompañar en el duelo tan importante es saber hacerlo como estar en disposición para ello, es decir que la técnica no es suficiente: más vale alguien con poco conocimiento pero mucha paz interior que un erudito en manuales de acompañamiento que no esté en paz consigo mismo. Para Javier Barbero existen dos condiciones que, si bien no son suficientes, sí son imprescindibles para todo aquel que quiera acompañar: la serenidad y la voluntad de ayudar.

Es importante acoger aquello que nos dice el doliente, sea lo que sea, sin precipitarnos a taponar su herida: interrumpirle, juzgarle, reprocharle su rabia. El doliente tiene derecho a sus sentimientos, y nosotros podemos otorgárselo sin necesidad de agobiarle con ningún discurso.

El contacto físico es una parte del lenguaje no verbal que refuerza otro tipo de mensajes. No hay que utilizarlo por sistema, sino cuando puede ser efectivo, como por ejemplo cuando el doliente pierde el contacto visual con nosotros (en un momento de llanto, en el que incluso puede taparse la cara). Si le tocamos con delicadeza continuamos presentes aunque estemos fuera de su campo de visión.

Es importante no estar sentados totalmente de frente, para no resultar inquisitoriales, y tampoco totalmente de lado, para no forzar la postura. La colocación de las sillas debe permitir que estemos cerca del doliente pero que éste pueda “retirarse” a su espacio sin que parezca que estamos encima de él.

Cuando preguntemos ciertas cosas, es bueno introducir comentarios cortos y sencillos que expliquen por qué lo hacemos (“Mire, en una primera entrevista lo normal es que hablemos de...”, “Me gustaría preguntarle una serie de cosas, si no tiene inconveniente, para...”). Así, nuestras intervenciones no se limitará a completar un cuestionario.

La primera entrevista no tiene el objetivo de trabajar grandes cosas, lograr complejos fines y mucho menos confrontar a una persona a la que acabamos de conocer y se pone en nuestras manos con todo su dolor. El objetivo de la acogida es crear un vínculo entre la persona y la institución para la que trabajamos, hacer que se sienta acogido, protegido, escuchado. Utilizaremos preguntas abiertas pero focalizadas, que le permitan expresarse con libertad y que le hagan sentirse autorizado a hablar de lo que él desee (“Cuénteme, ¿cómo era [quien ha fallecido]?”)

Es importante mantener siempre el contacto visual, estar bien centrados en lo que estamos haciendo. Aunque nos expresen cosas que son claramente confrontables no debemos entrar al trapo, pues no es el momento de que la persona que acaba de llegar salga de la entrevista pensando que es un mal padre, o un mal hijo, o una mala pareja. De todos modos, si no queda más remedio, podemos “devolver” a la persona las cosas que nos va diciendo tanto positivas como negativas (“Estoy escuchando de usted tal cosa, tal otra, pero también tal otra”) para que si se siente confrontada sienta que no se le devuelve sólo su dolor, sino también sus cualidades y valores.

En el acompañamiento no sólo ayudamos a expresar y desahogar las emociones, porque todos sabemos que con eso no basta para avanzar. Enseñamos además a la persona a que vea qué hace con las emociones de los demás y qué consecuencias tiene eso.

El entrevistador no debe parecer un amigo, porque no lo es. Sin embargo, debe mostrar capacidad de compasión: “Lo que es importante para ti también es importante para nosotros y estamos dispuestos a acompañarte en ese camino de lágrimas.” La compasión va más allá de la empatía: en ella hay compromiso, no sólo comprensión y amabilidad.

Si hemos pasado por una pérdida similar a la de la persona a la cual acogemos debemos dejar claro que el camino que le espera, por muy provechoso que pueda ser, será un camino duro y no de rosas. Ser contenidos y guardar silencio es importante. Existen muchos tipos de silencio: los que guardemos como entrevistadores deben ser respetuosos y elocuentes, para que con ellos demos a la persona el mensaje de que tenemos tiempo suficiente para dedicarle. El tono de voz debe ser suave y el ritmo, tranquilo. No obstante, iremos modulando nuestro ritmo para no resultar monótonos ni transmitir falta de interés.

Ante la persona, debemos acoger sus deseos y también traerla a la realidad. Si la persona nos pregunta “¿Aquí me devolveréis a mi esposa?” y le contestamos “No, aquí no te la vamos a devolver” sólo la estamos confrontando. Si en lugar de eso contestamos “Ojalá pudiéramos devolvértela pero, desgraciadamente, no podemos” estamos confrontando a la persona con la realidad pero también nos damos por enterados de su deseo y lo acogemos, antes de hacerle nuestra devolución.

En la entrevista de acogida hay que dejar claro qué es y qué no es el grupo de ayuda mutua, cual es su objetivo, aclarar falsas concepciones, explorar las expectativas del futuro miembro y, sobre todo, informar de que existen unas normas básicas para que el grupo funcione adecuadamente y tenga una estructura. Algunas de estas normas, que deben quedar muy claras, son las siguientes:

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« Última modificación: 17 de Octubre de 2013, 01:43:54 pm por yo »