Autor Tema: Como atravesar y vivir la Navidad en un proceso de duelo (Anji Carmelo)  (Leído 3832 veces)

jordi

  • Usuario Sr.
  • ****
  • Mensajes: 298
    • Ver Perfil
Como atravesar y vivir la Navidad en un proceso de duelo

Gracias por dejarme estar con vosotros en estos días tan especiales.  Ante todo hoy querría acercaros a la Navidad e invitaros a ir más allá de su significado social para reconocerla por lo que realmente es un acontecimiento de amor con una carga humana muy importante.  Y porque son fechas que celebran el amor… son nuestras fiestas ya que toda persona que está o ha estado en un proceso de duelo es un experto no sólo en amor sino en Amor con mayúsculas, que es para mi poder amar sin la presencia física.
.
Son momentos conflictivos porque despiertan y destacan la añoranza.  El duelo es un constante echar de menos marcado por mucho amor.  Es el camino que nos tiene que devolver a la vida que perdimos, cuando nuestro ser querido se fue de nuestro lado.  Es una prueba, quizás la más dura para constatar que el amor nunca muere y que si hay algo cierto, es que va a más hasta llenar todos los huecos dejados por la ausencia física.

Estas fiestas nos llegan desde fuera casi con una ausencia de amor y mucha parafernalia externa, festejos y la necesidad de estar forzosamente en una actividad que no deja espacio para la serenidad y el recogimiento.  Todo lo contrario de lo que realmente significan.

Tenemos en nuestras manos la posibilidad de vivirla de forma buena para nosotros de manera que podamos destacar su significado, porque está totalmente en línea con lo que somos y sentimos.

Para entender esto bien quisiera echar un vistazo a todo lo que realmente significa Navidad.  Celebramos un nacimiento, la llegada de un ser tan lleno de amor que finalmente dio su vida para salvarnos de nuestra incapacidad de reconocernos como seres capaces de amar y por amor conquistar el paraíso perdido.  Ese paraíso perdido, no es más que nuestra propia vida vivida desde nuestras máximas capacidades.  Y lo estamos haciendo, ya que se trata de reconocer nuestro valor como madres o padres o esposos, hijos, amigos, intentando compartir lo que para nosotros es el tesoro mayor: la unión con nuestros seres queridos a pesar de la mortalidad y crear un vínculo que nos lleve más allá de la muerte y de esta manera conquistar la eternidad juntos. 

Este significado de Navidad tiene como símbolo máximo la estrella que guió a los Reyes hasta el Portal.  Esa estrella es la luz que está representando, para cada uno de nosotros, el hecho de que ya tiene a su ser querido más allá de la pérdida, más allá de lo perecedero, y que es el amor que está en constante crecimiento y que se ha convertido en el centro y guía de nuestras vidas.  El portal hacia donde nos encaminamos es la unión en el Amor que ya conocemos porque la ausencia física lo ha potenciado.  Y cada año como un recordatorio nos renovamos a través de su luz y reconocemos hasta dónde está llegando ese amor que nos une, porque cada año va a más.

En eso estamos y a algunos, aún nos está costando un sin fin de lágrimas, que a través de su necesidad de expresión van abriendo camino hacia nuevas maneras de querer y poder hacer vida sin la presencia física pero sí unidos de forma que jamás hubiésemos esperado.

La Navidad es el símbolo de la materialización de ese Amor eterno que nos viene a través de los siglos, de ese nacimiento que nos abrió la puerta de dar y compartir con poco más que el gran gesto de acogida que todo amor ofrece sin reparos ni titubeos.  Fue en un establo y ese establo representa la importancia del gesto. 

Ese humilde nacimiento dio lugar al acontecimiento más celebrado en Occidente ya que inherente al alumbramiento estaba el gran sacrificio de ese ser que 33 años después nos significó y destacó como seres especiales, entregando su vida por nosotros. 

La muerte de nuestro ser querido ha supuesto un reconocimiento aún mayor de cuan especial es y de paso cuan especial somos por haber sido partes de esta unión que salta todas las barreras de tiempo y espacio.  Ahora estamos unidos perennemente con nuestro ser querido que en estas fechas está más que nunca.  La Navidad nos une a los seres que queremos, es su única razón de ser y la unión no es a través de la celebración y los regalos sino a través de la armonía y el reconocimiento de la fuerza de esa unión, no es a través de celebraciones vacías de contenido sino de la identificación de ese contenido en cada una de las áreas que fueron enriquecidas por esa persona que está con nosotros ahora más que nunca.

Tenemos el poder de iluminar la eternidad cada vez que nos reconocemos eternos y cada vez que sabemos y comprendemos que nuestro ser especial  forma parte importante de esa eternidad.  La muerte es siempre la puerta.  Cuando nuestro ser querido se va de nuestro lado destaca todo lo que ya nunca dejará de ser.  Todo lo que hizo, sintió y compartió, todas sus ideas y sus aportaciones cogen nueva vida, no sólo a través de los recuerdos sino de forma altamente pragmática ya que ese ser tan querido tendrá su continuidad en toda persona que fue tocada por esos sentimientos, esos pensamientos y esa particular manera de ser y hacer, siendo influenciados para siempre e inspirados de forma específica e inequívoca.  Pero más importante aún… tiene su continuidad a través de nuestras vivencias y sentimientos, de nuestra forma de vivirnos que se ha agrandado porque nos hemos convertido en testigos y ejecutores de todo lo que esa persona sembró en nosotros.

¿Cuán vacía sería nuestra vida sin haber gozado de su presencia en ella?  ¿Cuánto de lo que somos hoy, ha sido por su estancia larga o corta pero fundamental?  Nos comprometemos con nuestros seres queridos y esas relaciones de amor se convierten en las “inversiones” más fructíferas, ya que a lo largo de nuestras vidas vamos a estar recogiendo los frutos de nuestras uniones.

La Navidad siempre me recuerda a aquella maravillosa película con James Stewart que se titula “Qué Bello es Vivir” cuando en Noche Buena el ángel le muestra cuán vacío y oscuro hubiese sido su pueblo sin él.  Lo mismo nos pasa si intentamos imaginar cómo seríamos hoy, si esa persona no hubiese compartido con nosotros, enriqueciendo nuestra vida.  Sólo intentar imaginarlo nos impresiona.  Somos, porque nuestros seres queridos nos han regalado, motivado e inspirado a ser más de lo que éramos antes de conocerlos, antes de que nos brindaran su presencia.

Entonces cuando nos damos cuenta de esta gran verdad, no queremos que ese legado desaparezca y nos convertimos no sólo en testimonio de su paso por aquí sino en portadores de esa riqueza para seguir repartiéndola y así enriquecer aún más vidas.

Este año habrán tantas celebraciones distintas como personas que estamos aquí.  Cada uno está en su momento totalmente personal y va a tener que crear una Navidad a su medida.  Evidentemente es lo que solemos hacer y que hacíamos incluso antes.  Podemos participar con los demás pero la manera de hacerlo, la actitud y la predisposición tiene que ser reflejos de cómo estamos y qué queremos destacar.

Posiblemente en el primer año habrá un superávit de echar de menos y un rechazo total para reunirse con los familiares o quizás se necesite estar con los ellos.  Cada uno ha de intentar descubrir qué necesita e ir a por ello.  Si escogemos estar recogidos podemos crear un espacio en casa y hacerlo lo más acogedor posible, para que sintamos como queremos, la cercanía con ese ser que está tanto en nuestro corazón como en todo lo que hacemos.

Si escogemos estar con otros es básico dejar muy clara nuestra fragilidad y la posibilidad de una retirada antes de lo que se pueda considerar 'normal'. Como también pedir que haya comprensión ante cualquier cosa que necesitemos hacer o no hacer.  Sea lo que sea es importante no caer en culpabilidades que son una forma muy clara de pagar IDA.  Culpabilidades por querer celebrarlo solos o y esto es muy importante... culpabilidad por estar pasándolo bien aunque sólo sea un poco.

Tenemos que deshacernos de la culpabilidad y de la programación.  Cuando nos abrimos a la posibilidad de que cualquier reacción nuestra será aceptada tanto por los demás como por nosotros mismos, quitamos mucha de la tensión de estas fiestas, ya que lo único que se vive en el primer año es la incertidumbre ante nuestras propias reacciones y sentimientos. Estamos constantemente sorprendiéndonos, así que mejor no planificar mucho.  Observemos y respetemos nuestras necesidades y dejemos puertas abiertas a cambios y modificaciones.

Todo duelo fuerza a enfrentarnos con muerte, no sólo la de nuestro ser querido sino la nuestra propia.  Cuando esa persona tan querida y necesaria se va, lo que habíamos sido muere y el duelo se adueña de nuestro tiempo y de nuestro espacio vital.  De pronto, nos vemos obligados a la reconquista de la vida, teniendo que asumir la aparente desaparición de toda posibilidad de paz, serenidad y armonía. 

Todo camino de duelo, que es sobre todo un camino de amor, lleva a la gran verdad de que no existe la muerte tal y como creemos.  Hacernos con la vida significa hacernos con la muerte para integrarla, significa vivirla cada minuto de nuestra existencia y saber que la materia es simplemente una barrera que no nos permite vislumbrar lo que realmente es Vida.

Cuando nos enfrentamos a la desaparición de lo que antes podíamos ver, tocar, oír… tarde o temprano entramos en la gran verdad de que no necesitamos tocar, ver, oír o estar físicamente, para amar y seguir en estrecha unión con ese ser tan querido.  Este descubrimiento de lo esencial y verdadero nos lleva a reconsiderar toda nuestra realidad.  Tarde o temprano, todo aquello que antes nos desencajaba y producía malestar, deja de hacerlo.  Los parámetros cambian, las percepciones también y en algún momento descubrimos que nosotros somos el gran cambio. 

Saber que ya no se necesita tener para amar y la aceptación que lo “peor” que podía haber pasado lleva lenta pero inexorablemente a una autentica transformación, nos regala finalmente la gran realidad… que hemos podido con lo peor.  Hemos renacido más fuertes que nunca, con más recursos y con la capacidad de volar por encima de toda crisis, de pronto sabemos que lo que antes nos desmontaba y creaba malestar y desazón ya no puede con nosotros. La paz que buscábamos en el exterior ya está en lo más profundo de nuestro ser y eso permite manifestarla allá donde vayamos, y más importante aún sembrarla.

La Navidad nos recuerda esa capacidad de inspirar paz, pero esto lleva su tiempo.  Los procesos de cambio profundo que nos traen nuevos recursos y nuevas formas de ser y hacer no pueden elaborarse de un día para otro, una semana, un mes… 

Personalmente yo tuve el gran regalo de poder escribir El buen duelo a los dos meses y 17 días de mi pérdida.  Esto me permitió expresar mi dolor, respetar mis sentimientos y plasmarlos de forma que al exteriorizarlos empezaban a hacer un poquito menos de daño.  Nunca sabemos cuánto tiempo vamos a necesitar y hoy reconozco que aunque pude más o menos sobreponerme,  estaba muy tocada e incapaz incluso de recordar lo que acababa de hacer y decir el segundo anterior.  Pero lentamente empecé a tener la energía y predisposición específica que hoy me permite estar con vosotros aquí.

Esto requiere más o menos tiempo según quien lo esté viviendo ya que no todos vamos a necesitar el mismo espacio temporal para identificar y superar lo que esa ausencia realmente significa y conmueve.

Pero cuando finalmente somos capaces de reconocer la otra cara de la pérdida vamos más allá de lo evidente y descubrimos nuevas formas de ser que nos ayudan no sólo en nuestro día a día sino en espacios que no conocíamos antes. Entonces sabemos consciente o inconscientemente que somos capaces, y eso nos aporta una fuerza nueva que apoya una cierta expansión en nuestra forma de ser.  Es una constatación de que aún existe vida para nosotros y de que somos capaces de incluirla de formas antes inimaginables.  El echar tanto de menos ya no es el punto de enfoque de nuestros días y noches sino las chispitas de luz que van apareciendo.

Esto lleva a un autoconocimiento cada vez más completo que nos abre a una nueva armonía y equilibrio..  Sí, en algún momento del proceso descubrimos lo que significa armonía, que no tendrá nada que ver con lo que antes significaba para nosotros.

Cada nuevo autodescubrimiento lleva a una nueva profundidad, una nueva perspectiva que nos permite traspasar todo lo conocido.  Es el descubrimiento de que hemos conquistado la ausencia, que no nos hace falta tener a nuestro ser querido a nuestro lado, que ya lo llevamos en lo más profundo de nuestro ser y que de forma irrevocable siempre formara parte de nuestra esencia, en todo momento y allá donde vayamos.  Hemos conquistado la soledad que nos había precipitado la ausencia física y ahora esa conquista se ha convertido en nuestra aliada.   

En la última conquista de nuestro duelo nace la verdadera paz.  En este estadio renacemos de las cenizas y como el invierno que fuerza al otoño a soltar la belleza de las hojas expresadas en mil y un tonalidades para preparar el nacimiento de los retoños y la nueva vida, nos despojamos de todo lo que ya no nos sirve… viejos hábitos, creencias, reacciones, sentimientos… incluso esa cosecha que hemos recogido con nuestro dolor y su superación. Despejamos el territorio para que como colofón pueda nacer la mariposa.  La mariposa cuyo vuelo por encima de toda perturbación finalmente nos permite esa paz auténtica.  Hemos abrazado y abarcado todas las áreas de nuestra vida como era antes, con nuestro ser querido ahora descubrimos esa nueva dimensión que nos libera de la pesadez de la tierra y nos lanza en vuelo hacia nuevas dimensiones donde ya reconocemos el auténtico espacio por excelencia de unión.  Unión con nuestro ser querido perennemente y en todo lugar y unión con todos nuestros seres queridos aquí y ahora.

Este es el máximo regalo de la Navidad.  Estas fechas siempre nos habían unido a los demás aunque antes necesitábamos las decoraciones, los festejos, los regalos… ahora no, ahora nos apartamos de todo eso porque sabemos que no son lo que realmente importa que es poder vivir la unión de la única forma que refleja lo que es estar juntos, de corazón a corazón.

Dejemos que la Navidad nos una a nuestra gran verdad, nos lo merecemos, sigamos celebrando lo que cada segundo de nuestras vidas celebramos, la estancia de nuestro ser querido aquí en lo más profundo de nuestra persona y sigamos celebrando su presencia en nuestras vidas viviéndolas como mejor sabemos desde el amor, para el amor y con mucho amor... Eso es lo que realmente hace Navidad.