Autor Tema: Publicado en Butlletí nu. 6 AVES (Por Tensi)  (Leído 3139 veces)

jordi

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Publicado en Butlletí nu. 6 AVES (Por Tensi)
« en: 17 de Octubre de 2013, 12:06:53 pm »

Empatía y dolor: extraño binomio.

Por definición de la Real Academia de la Lengua Española, la empatía es la identificación mental y efectiva de un sujeto con el estado de ánimo del otro.
Empatizar no solo  significa simpatizar, sino sentir en común. La empatía es la capacidad de una persona de vivenciar la manera en que siente otra persona y de compartir sus sentimientos, de forma que se facilita una  mejor comprensión de su comportamiento o de su forma de tomar decisiones. Es también aquella habilidad de que disponen algunas personas para entender las necesidades, sentimientos y problemas de los demás, poniéndose en su lugar, y responder correctamente a sus reacciones emocionales.
Analicemos  la palabra empatía, escuchémosla íncluso: “e-m-p-a-t-í-a”. Y de nuevo, si la desglosamos en sílabas “em-pa-tí-a”, casi podemos  añadirle una melodía. Se trata de una palabra que tiene hasta cierta musicalidad y por su similitud con el sonido de la palabra “simpatía” origina en nosotros, al pronunciarla, una cierta predisposición a positivizar la situación o el contexto en el que la hallamos.
Cuántas veces no nos hemos encontrado en situaciones en las que hemos dicho “me pongo en tu lugar”, “te entiendo, si me pongo en tu piel”, “comprendo lo que me estás explicando porque es como si lo estuviera viviendo en estos momentos”, “….es como  si me estuviera sucediendo a mí”. Todas estas expresiones las utilizamos para tranquilizar, para consolar a la persona que nos está narrando una situación, nos está diciendo cómo se siente y las circunstancias que le envuelven en un momento determinado de su vida.
Cuántas veces no nos ha sucedido esto cuando alguien atraviesa una situación que le resulta especialmente dolorosa y desea compartir ese sufrimiento al sentirse aquejado por una grave enfermedad, o se siente desesperado ante el fallecimiento de un ser querido.
Escuchar y entender lo que nos está contando no significa que debamos ponernos en su lugar. Tenemos la tendencia a empatizar, y en numerosas ocasiones, de forma inconsciente, intentamos transgredir las leyes más elementales del ámbito físico y pretendemos  llegar a sentir cómo siente en su interior esa otra persona. Queremos ayudar, pero ¿lo estamos haciendo realmente? ¿estamos colaborando  en algo con  ese individuo que quiere compartir con nosotros tan duros instantes?. ¿Cuántas veces nos olvidamos de que nosotros somos otra persona, y que por mucho que lo intentemos no llegaremos a sentir como el otro siente?
Imaginemos uno de esos momentos en los que alguien, amigo, conocido, familiar, nos expresa ese intenso dolor, nos manifiesta, a veces incluso con detalle, los recodos más íntimos de esa fuerte emoción. Visualicemos cómo podemos llegar a sentir en nosotros esa sensación que nuestro interlocutor intenta transmitirnos. ¿Cómo nos sentimos? ¿No estamos sintiendo en nosotros un efecto semejante al de  un imán? ¿No estamos atrayendo a nosotros un dolor simulado? Un dolor que no es nuestro dolor. Una emoción que no es  nuestra emoción. Una sensación que podría compararse a la que realmente sentiríamos nosotros en nuestro interior cuando la situación que se plantea sí que es la nuestra, la propia, la que vivenciamos directamente.  Es un desgaste inútil el que ejercemos sobre nuestro cuerpo y,  principalmente, sobre nuestra mente.
Una vez leí una historia en un libro. Un hombre tenía un amigo que cayó gravemente enfermo. El enfermo se puso en cama. El otro, preocupado por él, permaneció al lado de la cama de su amigo durante toda la noche. A la mañana siguiente el que había permanecido toda la noche en duermevela, murió. El que estaba gravemente enfermo, metido en cama, se volvió a levantar. 
Preocuparse por una persona hasta el punto de intentar convertirnos en ella misma es inmiscuirse en su propio destino. Por otro lado, de forma inconsciente, ejercemos una presión sobre ese individuo, no dejamos que piense libre y serenamente ya que el mensaje que recibe de nosotros es que estamos tan preocupados como él y que eso es lo que nos ha transmitido. No hay, en nosotros, ese estado de equilibrio que sería el deseable para ayudar en el sufrimiento.
En ocasiones, nuestra impaciencia nos domina. Las ganas que tenemos de ayudar al otro brindándole una pronta solución , nos provoca una sensación de vacío y agotamiento. Si entregamos demasiado de nosotros mismos porque nos dejamos llevar por el sufrimiento de algún otro, hacemos que ese exceso de energía se vuelva contra nosotros. Esta porción de energía se dirige hacia la otra persona, pero no contribuye a la solución de su problema ni aporta a su mente la tranquilidad que el momento requiere. Por otro lado, ese deseo de ayudar al otro está poniendo en evidencia nuestro propio poder personal, interpretando nuestra colaboración como una influencia en  la realidad de ese dolor, actuando con “nuestra energía todopoderosa”. Es necesario CONFIAR en el flujo natural y darle tiempo al ritmo natural de la vida que, probablemente, es  mucho más lento de lo que esperamos.
El sujeto que  atraviesa por un momento tan doloroso, como puede ser el de padecer una grave enfermedad, el de una pérdida o el de cualquier otra situación semejante, cuando decide compartirlo,  lo que pretende es ir mitigando  la intensidad de ese dolor buscando un punto de apoyo, una mano amiga con la que poder  expresarse libremente. Y ese  apoyo somos nosotros. Y somos nosotros los que debemos recordar que poca ayuda prestaremos si conducimos de forma equivocada esa empatía . Su dolor es sólo suyo. Su rabia es sólo suya. Su desesperación es tan sólo suya. Seremos muy poco objetivos  si intentamos trasladar a nosotros todo ese sufrimiento. Lo que se espera de nosotros no es que suframos tanto como el otro, sino que estemos ahí, que permanezcamos junto a él.
Nuestra tarea en estos  trances pasa por escuchar, por alentar a los demás en los momentos de desasosiego, por arrojar un poco de luz allá donde sólo se ve oscuridad. Nuestro trabajo es el de estar. El aprendizaje que hay que llevar a cabo no es el nuestro con respecto a lo que siente la otra persona. El aprendizaje de ese dolor es suyo. El nuestro es acompañar y, en todo caso, como fiel amigo, familiar, ayudante, debemos saber estar ahí y preguntar ¿qué puedo hacer por ti? ¿Cómo piensas que puedo ayudarte en estos momentos? Quizás tan sólo debamos mirarle a los ojos y quedarnos a su lado mientras podamos. Quizás sea mucho más reconfortante saber estar y ¿porqué no? quizás sea mucho más generoso por nuestra parte respetar ese momento en silencio, porque ese es  su momento.
Hortènsia