AVES – Junio 2008
EKR fue la primera persona que utilizo de manera directa y terapéutica la figura de la mariposa con toda la carga simbólica e inspiradora puede ofrecer. Cuando ella iba a entierros donde habían niños, para consolarlos sacaba de su inmenso bolso una oruga de lana y explicaba a los niños desolados por el hecho de que su padre o madre, hermanito o abuela estuviera siendo encerrada en un ataúd y enterrada en un hoyo, que lo que había allí era una oruga y no su ser querido porque su ser querida ahora ya era… y abría la cremallera en la parte de debajo de la oruga y se desplegaba una maravillosa mariposa. Desde entonces y a raíz de sus visitas a los campos de concentración después de la guerra con el hallazgo de cientos de mariposas pintadas en las paredes de los barracones donde vivían los niños, la mariposa se ha convertido en un símbolo no sólo inspirador, sino una manera muy acertada de identificar a nuestro ser querido.
Con mi último libro de oruga a mariposa he querido dar un paso más y describir el proceso de duelo a través de la metamorfosis que lleva a la oruga a finalmente emerger mariposa.
Cuando nuestro ser querido deja nuestro lado y se convierte en mariposa dejando atrás la oruga, todas esas personas que lo querían tanto y que van a echar de menos más… también se convierten en oruga, con todo lo que significa estar en tierra con pocos recursos y totalmente limitados excepto para iniciar sin buscarlo ni quererlo, el complicado proceso de metamorfosis. El objetivo del duelo se destaca entonces como la superación de la pérdida y la transformación del sufrimiento. Abarca todo el tiempo y el espacio que se va a necesitar para llegar finalmente a convertirse en mariposa y así poder volver a encontrar al ser querido ahí donde siempre había estado… en el corazón.
Las dificultades que se encuentran en ese camino y que limitan a esa persona que está necesitando cualquier ayuda para salir adelante son muchas pero aquí las voy a reducir a tres. Hablo de las dificultades para que cualquiera que lo esté viviendo o acompañando a un pariente o amigo pueda conocer y reconocer lo que está pasando. Saber ayuda a mitigar los efectos tan devastadores del proceso ya que entonces se puede vivir desde la comprensión. Saber que no somos los únicos y que no nos estamos volviendo locos es básico.
La primera dificultad es enfrentarse al vacío que queda en el entorno y el aún menos llevable que se encuentra en el interior. El presente desaparece, el futuro también y la persona se queda con los recuerdos de un pasado que van a atormentar por la imposibilidad de ser revividos.
La segunda dificultad es una sobrecarga de todo tipo de emociones y pensamientos casi obsesivos que avasallan sin parar desde el momento que se emerge del primerísimo estado de shock. Miedos, rabia, culpabilidad, angustia, desesperación y podría seguir…
El cuerpo físico es preso de la tercera dificultad: un cansancio y una debilidad resultados del estrés producido por la pérdida, la imposibilidad de dormir y la falta de ganas de comer.
Ya cuando ha pasado un tiempo corto la soledad producida por la ausencia de esa persona tan querida, especialmente en aquellos momentos que convivía con nosotros va a hacerse sentir cada vez más y el síndrome de abstinencia aparecerá e irá aumentando paulatinamente.
Más adelante se presentarán otras dificultades como las llamadas recaídas que en realidad no lo son y que si queréis y tenemos tiempo explicaré más tarde.
Veamos entonces ese camino que lleva de la oruga a la Mariposa.
Cuando se pierde a un ser querido, que para casi todos suele ser la persona que más ha facilitado momentos de alegría, gozo, vitalidad y casi todo lo bueno que llenaba la vida hasta su partida, el vacío que deja lleva a la desaparición de todo eso y más. De un momento a otro nos quedamos anclados en la tierra, rodeados por un vacío extremo e incapaces de ni siquiera mirar más arriba de nuestro desconsuelo. En una milésima de segundo todo se torna pesado y difícil y se nos hace casi imposible elevarnos para deshacer las ataduras del sufrimiento. Podríamos decir que nos convertimos en una oruga, sin vida, casi cómo la que nuestro ser querido había dejado atrás. Es curioso y por muy tremendo que suene, es normal. Casi todos los que estamos aquí hemos tenido que pasar por ello y el bajón total que significa la muerte de esa persona que lo era todo, tiene que reconocerse y significarse, para también reconocer nuestras propias muertes y así poder transformarlas.
En el instante de su ida, todos los futuros desaparecen y no queda nada en su lugar. Estamos rodeados de muerte y como la oruga, tendremos que tejer un envoltorio protector que además de mantenernos a salvo, en un momento puntual, va a precipitarnos hacia ese nacimiento que nos está esperando para surgir liberados y con la capacidad de elevarnos por encima del sufrimiento, la angustia y el vacío.
Ese día que muchos ya habéis conocido y que todos los que estáis en pleno proceso podéis intuir y vislumbrar, es la meta de todo duelo bien hecho, el momento puntual que nos proporciona esa precipitación en busca de nuevo espacio y la altura suficiente para liberarnos del demasiado dolor. Todos a lo largo de nuestras vidas tenemos momentos de oruga y momentos de mariposa y si comprendemos un poco esto, quizá nos ayude a vivirnos de forma que podamos potenciar lo que haga falta para encaminarnos sin las ataduras que nos mantienen en el lado menos llevable de la vida, menos llevable del duelo.
Siempre se ha utilizado el símbolo de la mariposa para significar al ser querido. Pero en cada duelo existe un momento decisivo y es cuando el amor por esa persona que ya no está de forma física, salta las barreras de la materia y une a esos dos seres. La unión verdadera será siempre a través de la elevación de la persona que se ha quedado en tierra, nunca al revés y esa elevación, significa vuelo, significa ligereza, significa vida. La mariposa simboliza todo esto y además inspira de una manera totalmente intrínseca.
Muy dentro de cada uno de nosotros reside la capacidad para realizar el paso de oruga a crisálida a mariposa. No necesitamos partir a otros mundos sino que aquí en cada etapa, en cada paso importante que damos vamos a tener que morir a lo caduco, lo de ayer, lo que ya no nos sirve, para poder seguir adelante, aligerados de todo peso, todo lastre.
Yo pienso que la vida se puede enfocar desde muchas partes de nuestro ser y cuando somos capaces de vivirnos desde nuestros recursos y habilidades tenemos una unión mucho más real con nuestro ser querido que, como hemos visto como mariposa que es, está esperando que podamos echar alas y unirnos de la forma más significativa que existe, sin la necesidad de la presencia física y así alcanzar niveles que ya están a su alcance y que por supuesto logramos a través del amor.
¿Qué significa ser mariposa?
Hoy para trazar ese proceso que nos lleva a ese futuro certero donde podemos desplegar las alas, vamos a tocar algunos puntos que harán falta para lograrlo y que son adquiridas a través del heroísmo demostrado día tras día, a través de la trasformación, pero sobre todo a través del amor que se ha ido fortaleciendo al no tener a esa persona tan necesaria de forma física. Es la única manera que tenemos para entrar en total unión con nuestro ser querido… de mariposa a mariposa. El ya lo es, lo ha sido desde el momento en que dejó atrás a la oruga y voló hacia ese otro estado de ser más completo, porque ya no necesita la materia para ser. Ahora nosotros tenemos que convertirnos, tenemos que aligerar y tenemos que recobrar todo nexo de unión a través de la esperanza y no a través del dolor, a través de la luz y no de la oscuridad, a través en fin de tenerlo en nuestro corazón, ese lugar donde ya nunca más podremos perderlo.
¿Cuántas cosas hacen falta para lograrlo? Muchas y podríamos decir que una de las más importantes es la valentía.
La Valentía es una cualidad que forma parte integral y principal en todo proceso de duelo y en toda persona que ha perdido a su ser querido y ha tenido que enfrentarse a la vida sin tenerlo a su lado. Esta cualidad acompaña y está presente desde el primerísimo momento de la pérdida aunque no seamos conscientes de ello.
Cuando nuestro ser querido se va de forma física, el golpe inicial desata un panorama desolador tan inmenso y sobrecogedor que nos deja literalmente sin aliento. En un instante todo nuestro futuro desaparece tal y cómo lo habíamos proyectado y nos encontramos sin nada familiar. Esta situación totalmente extraña nos descoloca y nos precipita hacia un estado de aturdimiento total y desconexión con la realidad que puede eternizarse, manteniéndonos en una suspensión menos dañina. Lo que nos espera nos amenaza tanto que sin ser conscientes de ello, nos defendemos alargando y posponiendo el momento en el que vamos a tener que enfrentar la realidad.
Ante tanta precariedad, nos vemos totalmente incapacitados y vamos a necesitar una dosis fuerte de valentía para rescatarnos de la nada. En un momento u otro vamos a tener que armarnos de valor, respirar hondamente y dar ese paso, tan duro, hacia lo que nos está esperando. Desde ese segundo, ya nunca más sabremos lo que es vivir sin valor. Desde ese momento empieza la construcción de la crisálida.
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