Artículo publicado en "La Vanguardia"
LLORAR LA MUERTE
La muerte de un ser querido nos puede destrozar. Una parte de nosotros se nos va con él, se nos pierde en el torbellino del dolor y nos parece que nunca más podremos ser lo que habíamos sido. Hemos perdido nuestra propia identidad al perder de nosotros mismos lo que nos representábamos a través de él, y sólo somos un ser al que le toca vivir lo que no quiere vivir.
Esto nos provoca un estado de vacío, de desgarro, que se convierte en un aislamiento con nuestro propio dolor hacia nuestro entorno y que se hace difícil que alguien pueda entenderlo. Pero si uno puede hablar con alguien que ha pasado por la misma situación, existe la posibilidad de que sienta que no está solo; que hay personas que también sufren. La persona siente que el mundo se ha parado para alguien más. El sufrimiento se comparte, se funde, se reconoce, se entiende. Puede ser expresado y uno encuentra que se ha vaciado un poco, incluso que no pesa tanto.
El grupo de ayuda mutua del duelo es la expresión más sencilla que en estos momentos hay a disposición de cualquier persona que lo necesite. Será eficaz si se siguen unas pequeñas normas para que se puedan producir la simbiosis y la sinergia necesarias que hagan de bálsamo del dolor. Estas reglas son: no aconsejar, no juzgar.
En la vida cotidiana, cuando alguien se abre y nos explica algún sentimiento que le perturba, tenemos la gran virtud de dar con rapidez un consejo. Su dolor nos provoca un estado de ansiedad. El ser humano necesita no sufrir, y lo que hacemos delante de nuestro propio estado de ansiedad es querer reducir el sufrimiento del que llora. La mejor solución que encontramos es darle un consejo; así creemos que le estamos dando una salida al momento que está pasando, y esto lo que realmente hace es aminorar nuestra propia ansiedad, no la del que llora. El que llora no necesita nuestro consejo, sino que sólo quiere que le escuchemos. ¿Que pasa con un consejo dado? Que a menudo va a saco roto y fácilmente podemos cerrar esa puerta de expresión del dolor que habíamos abierto con el afectado y que tanto puede beneficiarle.
En los grupos de duelo no se puede aconsejar. Cada cual expresa sus vivencias y escucha las del resto. De esta forma recibe ayuda del grupo sintiéndose aceptado y comprendido. Si la familia y sus amigos pueden comportarse de la misma manera, ayudarán a que su duelo pueda ser más llevadero.
Juzgar a los demás es también algo que hacemos muchas veces, y esto para el que sufre es aún más difícil de llevar. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar el comportamiento de los que nos rodean? No es fácil vivir, y menos cuando algo nos aprieta. Al contrario, si a nuestro alrededor hay un clima de aceptación, de estar al lado del que sufre, dándole la mano para que sienta un verdadero cariño, un arropamiento y saber que siempre que lo necesite se le escuchará, sin duda esta persona tendrá lo que busca: un abrazo de comprensión, de amor, un compañero a su lado que la acepte como és en ese momento de sufrimiento y no la juzgue ni le diga lo que ha de hacer.