Autor Tema: Tiempo y duelo (por Ramón Bayés)  (Leído 3516 veces)

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Tiempo y duelo (por Ramón Bayés)
« en: 17 de Octubre de 2013, 01:27:49 pm »
Carta al director

De acuerdo con datos recientes, en el mundo occidental, cerca del 45% de mujeresy el 15% de hombres mayores de 65 años son viudos. Muchos de nosotros o nuestras parejas, es muy probable que tengamos que enfrentarnos a esta situación antes de morir. La muerte de los seres queridos, el duelo y la pena son fenómenos naturales; forman parte de la vida y lo cierto es que algunos compañeros de la SECPAL se ocupan ya de este fenómeno.

El motivo de esta carta es sugerir una forma distinta de enfocar esta problemática que tal vez podría conducir tanto a la elaboración de un instrumento de evaluación sencillo del proceso de duelo, como a la aplicación de una estrategia de ayuda, que podría ser adecuada, una vez pasado el estado de shock, para algunos casos de pérdida imprevista. Este hecho es más frecuente de lo que se piensa ya que, a pesar del incremento general de la longitud de vida de quienes habitamos la tranquila, estable y aparentemente segura Europa, lejos de los tsunamis, los grandes terremotos, los tornados y las erupciones, una de cada tres personas encuentra el fin de sus días de una forma súbita e inesperada.

La pérdida de un ser querido suele tener efectos emocionales diferentes en el superviviente en función no sólo de su biografía sino también de las circunstancias. Existe una gran diferencia entre las muertes esperadas, previsibles, de los ancianos o de aquellos que han venido sufriendo una larga enfermedad de mal pronóstico, y las muertes repentinas, imprevistas, para las que nunca nos encontramos preparados.

En el siglo V, San Agustín señalaba que "son tres los tiempos: un presente de las cosas pasadas, un presente de las cosas presentes y un presente de las cosas futuras... El presente de las cosas idas de la memoria. El de las cosas presentes es la percepción o la visión. Y el presente de las cosas futuras, la espera". En el duelo inesperado todo es pasado, no importa el presente y nada se espera. Para el doliente, los minutos, las horas y los días, pasan en vano; el tiempo no es ya de la persona que ha perdido a su ser querido; no es de nadie. Simplemente, se pierde.

La intensidad y duración del impacto emocional dependerán, en gran parte, de la importancia que tenga la pérdida para el superviviente y de lo imprevisto de la misma. A más importancia y más imprevisibilidad, mayor impacto emocional y, probablemente, más dilatado será el tiempo que tarde el superviviente en volver a la normalidad de sus vivencias temporales. Tras una pérdida inesperada de gran calado, hay dificultad para que el afectado se implique en tareas distintas a la rumiación y durante ella, la persona permanece anclada en los acontecimientos del pasado, y en los síntomas y sentimientos que los mismos suscitan, sin poder adoptar comportamientos efectivos que le permitan salir de la situación.

Antes de la pérdida, desde un punto de vista temporal, el tiempo subjetivo se acorta o desaparece en momentos de felicidad o en tareas que requieran una implicación plena, mientras que se alarga en las esperas (trenes, aviones, oposiciones, diagnósticos, citas, etc.) En el proceso de duelo, cuando la persona empieza a recuperarse se incrementa su capacidad para concentrarse y disfrutar con el presente de las cosas presentes, y para impacientarse ante acontecimientos, cosas o personas sin relación con la pérdida; la preminencia casi absoluta del tiempo presente de las cosas pasadas empieza a desvanecerse y cobran de nuevo valor: el presente de las cosas presentes y el presente de las cosas futuras. De hecho, podría decirse que no has superado el duelo mientras pienses que el futuro está detrás de tí. Preguntas y observaciones, sistemáticas y longitudinales, sobre el comportamiento del doliente en relación con la focalización de su vida hacia el pasado, en el presente o hacia el futuro, deberían permitirnos monotorizar la evolución del proceso de duelo.

Por otra parte, si los ancianos -al igual que los jóvenes- que sufrimos una pérdida imprevista debemos, para superarla, abandonar o reescribir el presente de las cosas pasadas para implicarnos en el presente de las cosas presentes, es posible que encontremos ayuda en la práctica de la llamada "atención plena" (mindfulness) la cual se centra precisamente en el ahora. En la atención plena, se aceptan los pensamientos y sentimientos que emergen del pasado sin tratar de juzgarlos, reprimirlos o eliminarlos. No se lucha contra ellos; sólo se observan. Como señala Vicente Simón debemos aceptar la realidad, sea agradable o desagradable, como un hecho que ocurre, con la seguridad de que todos los sucesos son transitorios y no permanentes. Es cierto, como escribe Didion que, después de la pérdida imprevista de una persona querida, los pensamientos del pasado llegan en terribles oleadas. Pero las oleadas vienen y van.

Integrar los recuerdos, reescribir nuestra historia. Tratar de vivir con intensidad el presente de las cosas presentes. Este debería ser el objetivo. La vida es valiosa; incluso con pérdidas, incluso con duelo, también para los ancianos. Valiosa para nosotros y para los demás. La práctica de la atención plena puede ser un instrumento que nos ayude a gestionar nuestros pensamientos y a facilitar que podamos pasar del presente de las cosas pasadas al presente de las cosas presentes y tal vez volver a ilusionarnos con el presente de las cosas futuras.

Ramón Bayés. 22 de febrero de 2008