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CONFIDENCIALIDAD
LIBERTAD DE EXPRESIÓN
TODOS TENDRÁN MÁS O MENOS LA MISMA CANTIDAD DE TIEMPO
NO DAR CONSEJOS NO SOLICITADOS
NO DECIR AL OTRO CÓMO SE DEBE SENTIR
NO COMPARAR EXPERIENCIAS DE SUFRIMIENTO.
Los miembros de un Grupo de Ayuda Mutua tienen tres necesidades básicas:
INCLUSIÓN: Sentirse incluido dentro del grupo
CONTROL: Sentir que influyen en algo, que se les tiene en cuenta.
AFECTO: Sentirse cuidado y escuchado.
Como acompañantes, sobre todo en una entrevista de acogida (donde nos llega una persona a la que no conocemos, que no nos conoce y en un estado altamente imprevisible), podemos tratar con personas muy centradas en su rabia, que pueden llegar a confrontarnos duramente por un sinfín de motivos. No se trata de ataques personales, sino una expresión en forma de rabia del dolor que siente la persona debido a la pérdida que ha sufrido. Nosotros no tenemos que justificarnos frente a ellas ni entrar al trapo de su confrontación, porque eso indicaría que no estamos seguros de valer para lo que estamos haciendo. Lo primero, en esas ocasiones, es transmitir a la persona (nos diga lo que nos diga) que la estamos escuchando sin condiciones y sin juicios, recogiendo su mensaje, demostrándole que entendemos lo que nos está diciendo pero manifestándole que existen razones para que nosotros estemos allí pero que lo importante es su comodidad. Por eso, una vez devuelto a la persona este mensaje de comprensión (sin haberlo hecho devolviendo el ataque), la informaremos de que si no se siente cómoda con nosotros no tenemos por qué seguir con la entrevista y que tiene la libertad para dejarla donde lo desee.
Tareas del duelo (Warden)
1. Aceptación EMOCIONAL (y no sólo cognitiva) de la realidad de la pérdida.
2. Facilitar la expresión de las emociones también en el ámbito natural del doliente y no sólo dentro del grupo.
3. Aprender a vivir (a nivel práctico y relacional) en un mundo en el que quien ha fallecido ya no está.
4. Recolocar emocionalmente al fallecido para poder seguir amando.
Aceptar emocionalmente la pérdida es la tarea más difícil, porque implica asumir internamente que el otro ha muerto y que no volverá, y eso es muy doloroso. Es un proceso en el que aparecen las llamadas conductas de búsqueda: poner el mismo número de platos en la mesa que cuando vivía el fallecido, oler su ropa, oír su voz, creer haberlo visto por la calle... Incluyen, pues, fenómenos de carácter alucinatorio o pseudoalucinatorio a nivel visual, olfativo, táctil, etc. SON PERFECTAMENTE NORMALES siempre y cuando vayan desapareciendo transcurridos unos meses, sin cronificarse. No debemos olvidar que (estemos en duelo o no) LAS ALUCINACIONES Y LAS ILUSIONES FORMAN PARTE DE LA PERCEPCIÓN NORMAL.
Las conductas de búsqueda indican el deseo de encontrarse con el fallecido, es decir, indican que AÚN NO se ha completado la aceptación emocional de la pérdida.
Como acompañantes, ayudaremos a desligar nuestro acompañamiento de un discurso moral (un discurso sobre lo que está bien y lo que está mal, lo bueno y lo malo). No todo lo que es agradable sirve para nuestro correcto desarrollo ni todo lo que es desagradable es necesariamente malo. La tristeza es claramente desagradable, pero en un duelo es altamente adaptativa y cumple su función en el proceso. Consideraremos que es desadaptativa si se cronifica y bloquea la vida. Lo mismo ocurre con la rabia.
Estaremos atentos a la culpabilidad: el alivio por la muerte de alguien, o haberla deseado para que no sufra, pueden dar lugar a ella. Si detectamos esto podemos transmitir un mensaje del tipo “En realidad no deseabas que muriera, sino que dejara de sufrir”.
Aunque escuchemos a la persona y seamos prudentes en nuestras confrontaciones, debemos ayudarla a entrar en la realidad: aunque ella hable del fallecido en presente, nosotros siempre lo haremos en pasado.
Debemos acoger las demandas que nos trae la persona a la entrevista sin ideas preconcebidas. Si detectamos que hay un problema en lo que nos cuenta pero ella no lo cuenta como si fuera un problema y la confrontamos directamente porque nos hemos alarmado, no conectaremos con ella. Primero debemos reconocer lo que nos dice, explorarlo, legitimarla para que lo exprese, aunque eso se salga de mis esquemas preconcebidos.
Forma parte del trabajo de duelo el ir despidiéndonos de los vínculos que teníamos con quien ha fallecido para ir acogiendo vínculos nuevos. Sin embargo, al principio, el deseo de estar con el fallecido alimentará en la persona los ‘viejos’ vínculos de los que deberá despedirse. Vivir es aprender a decir a ‘adiós’, y sólo puede decir ‘adiós’ quien ha podido decir ‘hola’: quien ha conocido a alguien y ha podido vincularse a ese alguien.
Cuando muere alguien significativo para nosotros, de repente aprendizajes muy sencillos pueden convertirse en un calvario, porque además pillan a la persona muy baja de energía para integrarlos.. Emocional y relacionalmente ocurre lo mismo: la persona en duelo tiene que aprender a reestructurar sus vínculos.
Como acompañantes, estaremos atentos a cómo el doliente va realizando estas tareas. Tenemos que trabajar para que el doliente acepte la realidad porque es real, no porque sea buena, dejando lugar para llamar a las cosas por su nombre y legitimar la rabia del doliente sin volcarnos en una búsqueda precipitada de la serenidad (procurando no ‘hiper-dulcificar’ el proceso).
Voluntad de sentido
En su célebre obra “El hombre en busca de sentido”, el terapeuta Víctor Frankl habla de que el ser humano tiene algo llamado voluntad de sentido: es el impulso humano por conectar más allá de la realidad material de las cosas. Tiene que ver con la espiritualidad, el anhelo, la búsqueda. El sufrimiento nunca tiene sentido, pero podemos encontrarle un sentido a la experiencia de sufrimiento. Es una búsqueda que no debe cesar nunca: nunca deben desaparecer las preguntas, las búsquedas, porque son lo que nos hace humanos.
La espiritualidad es una pregunta a la cual las religiones son sólo algunas de las respuestas posibles. Nos coloca en un espacio de encuentro con lo que ha sido significativo para nosotros, lo que nos construye, da sentido y forma parte de nosotros. Puede llamarse Dios, búsqueda de la justicia, encuentro con nuestros seres queridos, valores, etc.
La voluntad de sentido es una conducta de búsqueda evolucionada, ya no en lo material o lo sensorial sino en lo espiritual. Es un indicador de vida: si existe es que no estamos “muertos en vida”. Parte del trabajo de duelo consiste en trasladar el vínculo desde lo físico y material hacia lo espiritual y trascendental.
¿Qué es el sufrimiento?
Es una experiencia emocional negativa intensa. Siempre implica malestar, aunque no todo malestar implica sufrimiento (ha de ser un malestar muy intenso).
Dolor y sufrimiento NO son lo mismo. El sufrimiento lo define un balance entre la amenaza para mi integridad biológica o biográfica y mis recursos para afrontar esa amenaza. Si esos recursos son escasos me sentiré indefenso. Si son abundantes, sentiré que tengo control sobre la situación. En un duelo causado por una muerte esta sensación de controlabilidad es muy baja porque NADIE ni NADA pueden hacer que el muerto regrese. Lo importante es tener cuantos más recursos internos mejor, para no depender de los externos, que están sujetos a más contingencias.
Partes sanas y partes heridas. ¿Desde dónde acompañamos?
No debemos caer en una falsa profesionalización de todos estos procesos: en todo tipo de encuentro hay ayuda mutua. En el acompañamiento no existe una persona A que está sana y que ayuda a una persona B, que está enferma y por eso es ayudada: TODOS TENEMOS HERIDAS Y TODOS TENEMOS RECURSOS.
Existen varios modelos de relación pero algunos de ellos son erróneos:
Si, como acompañante, me relaciono desde mi parte sana con la parte herida del doliente (“Lo que tienes que hacer es...”) no estaré actuando bien: le estaré diciendo lo que le conviene y no aceptaré que me lo cuestione.
Si me relaciono desde mi parte sana con su parte sana (“Piensa en positivo”) no estaré actuando bien: estaré negando la realidad.
Si me relaciono desde mi parte herida con su parte herida no estaré actuando bien: habrá un desahogo mutuo pero sólo habrá heridas, sólo habrá dolor.
Modelo del SANADOR HERIDO (adecuado):
Yo conozco mis fortalezas y capacidades, y también mis inconvenientes. Además de eso, reconozco que tengo heridas, torpezas, fallos, dudas, etc. Pongo mis capacidades al servicio de las heridas del otro y contacto con sus capacidades, y además le pongo a él en contacto con ellas. Como he reconocido mis heridas no he huido de ellas: tolerar las mías me ayudará a tolerar mejor las del otro. Además, esas heridas irán sanando porque estarán en contacto con las capacidades y fortalezas que aquel a quien estoy ayudando también tiene. Tenemos que estar atentos a que nuestro rol nos permita acompañar tanto desde nuestra parte sana como desde nuestra parte herida.
El modelo del sanador herido nos coloca en una posición de simetría moral, en la que nadie ejerce poder sobre nadie. Tenemos que ser conscientes de que el protagonista de la situación es el doliente, no nosotros.
A medida que avanza el acompañamiento hemos de estar atentos a lo que sentimos como acompañantes y ser muy honestos con nosotros mismos. Si sentimos que el encuentro con el otro no me ayuda a crecer es que algo no está funcionando.