Autor Tema: Arnaldo Pangrazzi (II Jornada Dol Lleida)  (Leído 3293 veces)

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Arnaldo Pangrazzi (II Jornada Dol Lleida)
« en: 17 de Octubre de 2013, 01:52:33 pm »
HORIZONTES DE CRECIMIENTO HUMANO Y ESPIRITUAL EN EL DUELO

A primera vista uno piensa que la pérdida y el crecimiento no tienen nada en común.
En realidad sí es verdad que, de una parte, cada separación produce sufrimiento, y por otra parte, puede contribuir más que cualquier otra cosa al crecimiento de la persona, promoviendo su humanidad y su interioridad.

La pérdida no necesariamente empobrece ni hace infelices para siempre.
Así como hay pérdidas que se odian por los problemas que procuran, así hay otras que evocan gratitud por la obra de transformación personal a la cual contribuyen.

El proceso de una sana elaboración del duelo abraza tres horizontes:

1. La aceptación cognitiva de la pérdida.
    El primer paso consiste en sanar la mente. El impacto con la pérdida, especialmente si es dramática, puede trastornar a la persona, alterar el sueño, impedir la concentración, contaminar los recuerdos, bloquear la capacidad de tomar decisiones, debilitar la motivación y el deseo de vivir. El proceso de curacion requiere una actitud mental realista y positiva. La pérdida, en general, no se elige, pero sí que se puede elegir la actitud con la cual responder.

Hay quien de una separación sale más maduro y quien más confuso, quien más sensible a las relaciones y quien más solo, quien más atento a lo que es esencial y quien más absorto por lo efímero.

Un criterio para medir la elaboración positiva del duelo tiene relación con la capacidad del sobreviviente de modificar, de modo constructivo, los propios hábitos, decisiones y comportamientos en base al nuevo cuadro de la situación.

2. La aceptación emotiva de la pérdida.
    La salud de la mente pasa por la vía del corazón. Es allí donde se anidan los sentimientos suscitados por la pérdida. Frecuentemente, el patrimonio emotivo permanece reprimido, negado o somatizado.
Los sentimientos invocan acogida para no ser relegados al olvido.

Sentimientos frecuentemente presentes en las pérdidas son la tristeza y la soledad, la escena reclamando atención a través de trastornos psicosomáticos.
Las emociones ignoradas no desaparecen pero, como niños frustrados, retornan al centro de amargura y la disconformidad, el ansia y el miedo.
A veces, son intensos e impetuosos, en otras circunstancias más tenues y pasajeros; en general están relacionados entre ellos y se alternan en la vivencia cotidiana. Si son debidamente acogidos y canalizados, con el paso del tiempo, tienden a diluirse.

Dos sentimientos particularmente críticos para una sana elaboración del duelo son, de una parte, el sentimiento de culpa y, por otra parte, la cólera/resentimiento que muchos experimentan seguidamente después de una pérdida.

3. La aceptación comportamental de la pérdida
    El resultado de un cambio en el “modo de pensar” se refleja en el “modo de sentir” y esto, a su vez, influye en el “modo de comportarse” de la persona.

Cada pérdida significativa produce un cambio de identidad entre el sí del pasado y aquello actual, un cambio que invierte el horizonte interno y externo de la persona.
En la práctica, la superación de una pérdida requiere tres acciones coordinadas:
- Integrar el propio pasado.
- Valorizar el propio presente.
- Reformular el propio futuro.

En la medida en la cual el individuo se mueve en esta óptica constructiva, cicatriza las heridas y está en grado de rediseñar el propio proyecto de vida.

El itinerario de gradual curación prevé que, después de la fase inicial de shock y una vez superados los sentimientos y las reacciones más intensas, la persona sea capaz de reanudar las relaciones, recuperar los intereses, desarrollar nuevos hábitos, asumir las propias responsabilidades familiares, sociales y profesionales.

Para algunos esta adaptación requiere tiempos muy largos, para otros es más rápido. Criterios indicativos de una positiva recuperación incluyen: una condición de bienestar físico general, el retorno de la energía y de la motivación, la capacidad de hacerse cargo de si y de encontrar espacios de gratificación, así como el deseo de proyectarse hacia el futuro.

Itinerarios de curación

Las pérdidas llevan al hombre a reflexionar sobre la provisionalidad de cada bien y de cada vínculo relacional. Ser consciente de esto puede entristecer a uno, pero, al mismo tiempo, orientar a interiorizar verdades fundamentales de la vida, como:
. La conciencia que somos hijos más que dueños de la naturaleza.
. El conocimiento de límites e imperfecciones de la condición humana.
. La precariedad y transitoriedad de todo.
. La caída de la ilusión de inmortalidad.
. La condición de creados y de dependencia.
. La invitación a fortalecer el propio carácter en la adversidad y a desarrollar las virtudes
  (paciencia, coraje, perseverancia…)
. La conciencia de una sana interdependencia con otros.
. La llamada a descubrir lo que es importante en la vida.

La curación interior comporta la capacidad de recuperar la energía precedentemente invertida en el bien perdido para dirigirla hacia nuevos objetivos. Son diversos los medios y los trayectos a través de los cuales quién ha sufrido una pérdida puede experimentar la curación.

Ilustramos los itinerarios más comunes:

. Recorrido cultural
Muchos parecen encontrar en los estímulos cognitivos un terreno fecundo para sanar el vacío y el dolor. Son las personas que aman la cultura, los conocimientos, la lectura, el intercambio sobre temáticas de actualidad, la participación en eventos artísticos.

La satisfacción de las necesidades culturales reduce el aislamiento y favorece contactos con el mundo externo. Algunas personas, embebidas por la actividad, a la sombra de una pérdida inesperada, encuentran más tiempo para la reflexión, para elaborar una nueva filosofía de vida, para hacer consideraciones más profundas sobre el significado de las cosas. También otras personas empiezan a frecuentar cursos o experiencias formativas y aprenden cosas nuevas y recuperan la autoestima.

El dolor dilata los horizontes y, al mismo tiempo, da profundidad a la vida.

. Recorrido de auto-descubrimiento
Detrás de cada pérdida hay escondido un don. El contacto con el sufrimiento hace fecundo el espíritu humano. Varios sistemas filosóficos (Schopenhauer) así como grandes obras musicales (Mozart, Bach) son nacidos a la sombra de experiencias de pérdida. También escuelas psicológicas (la logoterápia de Victor Frankl) consideran la pérdida como tema central de la existencia humana.

El impacto con una pérdida puede sacar a la luz potencialidades escondidas, talentos desconocidos, sentimientos ignorados y encontrar desembocadura en la creatividad. La creatividad permite a quien vive el duelo, encontrar nuevas formar de revelarse y de realizarse a través de una variedad de lenguajes artísticos.

. Recorrido afectivo
Muchos sanan el corazón herido recurriendo a los recuerdos positivos del pasado y al amor compartido con su ser querido. El recorrido positivo de la memoria transmite en ellos aquella carga interior que les estimula a seguir adelante, a amar y a sentirse amados.

A menudo es el afecto de la familia o el consuelo de las amistades que da seguridad e infunde confianza para mirar el presente o contemplar el futuro.

. Recorrido de donación
El desmoronamiento y el vacío producido por un adiós se transforman en una llamada para abrir el corazón a una comunidad más vasta, que puede beneficiarse del propio tiempo y de la propia solidaridad.

La elección del voluntariado es, para muchas personas, la vía maestra para curar el dolor y transformarlo en amor. Hay quien forma parte de una asociación o de un grupo empeñado en visitar a los ancianos y los enfermos o ayudar a los pobres y a los inmigrantes. Hay quien se implica en el voluntariado ecológico, en el servicio de las ambulancias o en proyectos de justicia social o de colaboración internacional.
También la integración en los grupos de ayuda mutua para personas en duelo se convierte en un recorrido constructivo para ayudarse y para ayudar. Cada grupo es una universidad del dolor: se aprende a crecer en la escucha, en el compartir y en confrontarse con la diversidad de los demás.
Quien se dona, recibe y lo que recibe incentiva a continuar donándose.

. Recorrido de la memoria
La muerte de un joven, sobretodo si es trágica, genera en los familiares la necesidad de inmortalizar su memoria a través de un proyecto o una fundación dedicada. Comprometerse en una obra que honre la memoria del ser querido, permite a los sobrevivientes orientar positivamente la energía, el tiempo y los recursos.
A veces el proyecto consiste en donar bolsas de estudio para facilitar el futuro académico de jóvenes necesitados de apoyo, en otras ocasiones consiste en sostener programas de investigación en sectores particulares, en otros casos, en crear obras o modelos de asistencia innovadores para los necesitados.
El proyecto hace presente a quién está ausente.

. Recorrido espiritual
Para muchos el fámaco que calma el dolor es de naturaleza espiritual.
En algunos casos la plataforma religiosa es una realidad ya consolidada en la vida de quién experimenta una pérdida: la adversidad se transforma en ocasión para profundizar ulteriormente y extraer de ella fuerza y consolación.
Para otros, el dolor de una pérdida suscita la exigencia de un mayor compromiso en la vida. A veces se convierte en estímulo para integrarse en grupos de oración o en asociaciones parroquiales comprometidas en actividades misioneras o caritativas.
Para otros, el cambio producido por una laceración es más dramático y supone una transformación radical en el estilo de vida y en los valores de adhesión. La persona puede pasar de una orientación de vida egoísta, material y superficial a la elección de valores más auténticos y esenciales. Estos hallan en la acogida genuina del prójimo, en sacar a la luz la propia interioridad, en una mirada más atenta sobre la creación, un terreno fértil sobre el cual construir los nuevos capítulos de la propia historia.

En síntesis, los itinerarios propuestos se refieren al poder de transformación que custodia el dolor. Algunos elaboran el duelo privilegiando la vía de la mente (reflexión, expansión de horizontes, creatividad…); otros aquella del corazón (concretar la memoria, insertarse en grupos); otros la vía del espíritu (nueva espiritualidad).
Hay quién encuentra suficiente ayuda para curarse siguiendo un itinerario particular y hay quién sigue diversos recorridos. Hay quién parte del hombre y quién parte de Dios. El punto de encuentro común es la búsqueda de sentido y la necesidad de amor. Se encuentra en la oscuridad y se sirve de la oscuridad para cambiar a las personas.

Arnaldo Pangrazzi